
Tener una bicicleta cuando se explora una ciudad nueva lo cambia todo: es barato, rápido y una forma divertida de hacer ejercicio durante las vacaciones.
Desde una cuesta de 400 metros en Bogotá, Colombia, hasta un circuito de 35 kilómetros para ver lo mejor de París (no te preocupes, al final habrá vino y helado), siete escritores nos ofrecen sus recorridos favoritos en ciudades conocidas por sus pistas urbanas.
Dirígete al sur por el litoral desde la estatua de la Sirenita de Hans Christian Andersen y pronto pasarás por Kastellet, cuyos bonitos barracones rojos disimulan su condición de base militar activa, antes de cruzar la plaza adoquinada que alberga el palacio real de Amalienborg. (Estate atento al príncipe Federico, que a menudo se acerca a las puertas en su bicicleta de carga). Deja atrás las casas de color caramelo del antiguo puerto, Nyhavn, y vuelve a bajar hasta la orilla del agua, donde el centro histórico da paso a los afilados ángulos de la Biblioteca Real y a la arquitectura maciza del Blox, lugar que alberga el Centro de Diseño Danés. Desde aquí, puedes girar inmediatamente a la izquierda para navegar por Lille Langebro, el puente para bicicletas más nuevo de la ciudad, o pedalear hasta el serpenteante Cykelslangen. En cualquier caso, desembocarás en el barrio portuario de Islands Brygge, cuya zona para nadar es uno de los lugares favoritos para zambullirse en invierno y broncearse en verano.
Una breve excursión hacia el norte te llevará a los altos mástiles del Cirkelbroen, o Puente del Círculo, del artista Olafur Eliasson. Desde allí, avanza en zigzag hacia la Ópera, pero haz una parada en la panadería Hart para comprar panes de mantequilla. Si sigues hacia el norte, llegarás al espectacular CopenHill —la central eléctrica y pista de esquí urbana diseñada por Bjarke Ingels— y, desde allí, solo hay que seguir un poco más hasta la zona de Refshaleoen, donde puedes encontrar vino natural y más lugares para nadar en el restaurante La Banchina, situado junto al muelle, o sabrosos sándwiches de pollo frito en el jardín del restaurante Amass. Algún día podrás volver al punto de partida desde otro puente, pero, por ahora, un ferri que sale del muelle a las afueras de Amass hace la conexión. Y sí, admite bicicletas.